Love.

We met for the first time through an aeroplane window and in retrospect it was quite ridiculous what happened. There was no plan, no order, no logical thinking. Most of what happened blossomed like little chaotic buds of sporadic love and in the end all that I remembered were those crackling bursts of pure ecstatic, belly burning excitement. I had fallen in love but not with a man, a person, a human being like I had expected. Something much more cataclysmic had occurred. Something else had wooed me, poured me glasses of kaleidoscopic sunsets, twirled me through centuries and kissed me under a sky filled with the faces of it’s past. I loved the city so much that it hurt. There were no stale silences or unwanted gleams. I had, at last, found a feeling that was mutual and beautiful and I felt my love being returned to me tenfold. It played me cumbia on days when I felt cheerless and it blew me spicy kisses when I felt the nip of the November breeze. It was not the two-dimensional cupboard love I had felt before but rather a realization of the love I had dreamt up on bus rides and late nights. It was complicated and soft. But above all, it was the most concrete and questionless of all of the loves I had ever felt.

El amor.

Nos conocimos por primera vez a través de una ventana de avión y en retrospectiva fue bastante ridículo lo que pasó. No había ningún plan, ningún orden, ni pensamiento lógico. Entre ramas de acero florecieron pequeños brotes caóticos de amor esporádico. Al final todo lo que recuerdo son esas ráfagas del chisporroteo de éxtasis puro y una sensación ardiente en el estómago. Me había enamorado, pero no de un hombre, una persona, un ser humano como lo esperaba. Algo mucho más catastrófico me había pasado. Era otra cosa que me había cortejado, que me había vertido vasos de atardeceres, que me había girado bailando a través de siglos y que me había besado bajo un cielo lleno de los rostros de su pasado. Amaba la ciudad tanto que me dolía. No sufríamos silencios rancios ni destellos indeseados. Había encontrado la sensación de que era recíproca, hermosa y sentí que mi amor se multiplicaba. Me tocaba cumbia en los días en que me sentía triste y me lanzaba besos picantes cuando sentía la mordida de la brisa de noviembre. No era el amor bidimensional que había sentido antes, sino la realización del amor con que había soñado en los viajes de autobús y en las noches en vela. Era complicado y suave. Pero sobre todo, fue el amor más concreto y oscuro de todos los amores que jamás había sentido.

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